En Toscana la comida es un lenguaje cotidiano, hecho de saberes antiguos, materias primas auténticas y momentos compartidos. Experiencias como cursos de cocina, degustaciones y cenas al aire libre se convierten en oportunidades para entrar en contacto directo con el territorio, al ritmo de las estaciones, del mercado a la mesa.
Los cursos de cocina son una de las formas más directas de entrar en contacto con la Toscana cotidiana, la que toma forma en la cocina y llega a la mesa. Se suele empezar entre puestos repletos de verduras de temporada, carne cuidadosamente seleccionada y aceite degustado con pan crujiente.
En las ciudades de arte como Florencia, la cocina encuentra su lugar entre los mercados históricos y las cocinas de los restaurantes, donde platos emblemáticos como la bistecca o la pasta fresca hecha a mano se convierten en el punto de partida para explicar la cocina con sencillez, sin formalismos, mientras el tiempo fluye con naturalidad.
Fuera de los centros urbanos el contexto cambia, pero la sustancia sigue siendo la misma. En las casas rurales y los agroturismos se utiliza harina, huevos y verduras del huerto, siguiendo tradiciones conocidas y cotidianas.
Se estiran pici (pasta larga y gruesa), se hacen raviolis, el almuerzo se prepara como en familia con el paisaje de fondo a través de las ventanas.
En zonas como la Maremma la cocina también es historia del territorio y de sus productos más identitarios: las experiencias con castañas, por ejemplo, combinan habilidades manuales culinarias con la memoria agrícola, entre aromas del bosque, saberes antiguos y las estaciones que vuelven.
Junto a la cocina tradicional se incorporan ingredientes más golosos: cambia la materia prima pero se mantiene el mismo cuidado en la elaboración.
En Valdinievole, por ejemplo, se puede visitar una fábrica de chocolate y seguir paso a paso el proceso de elaboración probando, observando y aprendiendo a reconocer los olores, texturas y cualidades del cacao con degustaciones guiadas.
Tampoco faltan oportunidades a medida de los más pequeños. En algunos casos, la cocina se transforma en un taller compartido, con manos que amasan, picadas preparadas juntos, ingredientes que se reconocen y prueban con curiosidad.
En otros el protagonista es el helado, en un recorrido que explica las materias primas, la elaboración y los sabores. Una experiencia que permanecerá en la memoria.
Junto a la cocina, no faltan las degustaciones.
En muchas bodegas la experiencia comienza con un paseo por las hileras de viñas o una visita a las zonas de producción, y termina alrededor de una mesa para probar distintos vinos, a menudo acompañados de quesos o embutidos locales.
Este enfoque, centrado en la experiencia y la relación con el territorio, se expresa con especial eficacia a través de las iniciativas promovidas por el Movimento Turismo del Vino. La asociación, que agrupa a miles de productores de toda Italia, es desde hace tiempo un referente del enoturismo auténtico y de calidad, capaz de ir más allá de la mera degustación y transformar la visita en una experiencia cautivadora.
Emblema de esta visión es Cantine Aperte, el ya icónico evento que, en distintas épocas del año, abre las puertas de las bodegas al público. Una oportunidad para conocer a los productores, pasear por los viñedos, visitar las bodegas y degustar los vinos directamente en la bodega.
Junto con Cantine Aperte, el Movimento Turismo del Vino ofrece un calendario denso y variado de iniciativas que siguen el ciclo de la vid y el ritmo de las estaciones.
En esta misma línea se insertan cene in vigna (cenas en el viñedo), que llevan la degustación directamente a la mesa.
Un esquema similar caracteriza también las degustaciones de aceite virgen extra en almazaras u olivares: se comparan distintos aceites, se aprende a reconocer sus características y, por último, se degustan con pan toscano o productos sencillos.
Además de cursos de cocina y degustaciones clásicas, hay experiencias que aúnan movimiento y descubrimiento de sabores.
En Florencia, algunos tours gastronómicos se hacen a pie y pasan por mercados, talleres artesanos, trattorias y vinotecas, con degustaciones de productos que representan la identidad florentina –quesos, pan, embutidos, especialidades de temporada y vinos locales– para concluir dulcemente con helados o cantucci (carquiñoles) con vin santo (vino dulce).
Fuera de la ciudad, el viaje puede continuar por carretera o sobre dos ruedas.
Se organizan tours en Fiat 500 de época por carreteras panorámicas entre las colinas del Chianti, con visitas a bodegas y degustaciones de vino y aceite de oliva virgen extra.
Entre Cortona y Montepulciano, hay rutas en bici eléctrica que pasan por viñedos y caminos rurales, partiendo de una pequeña bodega y con degustación final.
Distintas formas, un mismo hilo conductor: desplazarse por el paisaje y probar los sabores directamente donde se crean.