El miércoles 11 de marzo en el Teatro Verdi de Florencia (con réplicas también en Marradi, Figline, Poggibonsi y Pisa) Diego Ceretta dirige a la ORT en una noche en la que lo clásico no es una forma tranquilizadora, sino un campo de fuerzas: equilibrio y aristas, medida y urgencia, arquitectura y drama.
El programa se mueve precisamente en esta línea, poniendo en diálogo dos formas distintas -y sorprendentemente cercanas- de entender la energía musical a principios del siglo XIX.
Por un lado Viena, con Beethoven, que en el Concierto nº 3 en do menor cruza el umbral entre los modelos heredados y una voz ya inconfundible; por otro París, con Cherubini y una Sinfonía de 1815 que no busca la brillantez superficial, sino una tensión casi "escénica", tensa y rigurosa.
El Concierto nº 3 de Beethoven es una de esas obras en las que la lucha no se interpreta: se concentra.
Escrito entre 1800 y 1803, tiene en Do menor un matiz moral más que tonal: no es patetismo, sino una gravedad vigilante, salpicada de repentinas aperturas líricas.
La orquesta no acompaña: dialoga, desafía, presiona; y el piano entra como un personaje que debe conquistar el espacio, compás tras compás, sin perder nunca el sentido de la línea.
En este juego de contrastes -impulso y facilidad para cantar, sombra y transparencia- entra Martina Consonni, pianista lombarda que se impone por un enfoque a la vez analítico y vivo: atención al sonido, a su grano, y una curiosidad por la estructura que nunca se convierte en frialdad, sino en una manera de hacer que la música hable con claridad.
La segunda parte de la velada cambia de acento sin cambiar de intensidad. La Sinfonía en re mayor (1815) de Luigi Cherubini es un objeto compacto e incisivo, alejado de la idea del sinfonismo como escaparate de brillantez.
Aquí el rigor -incluso el contrapunto- no es ornamentación: es tensión interna, una forma de mantener todo "vivo", con un ritmo que parece respirar teatro.
Cherubini, figura central entre el clasicismo y el primer romanticismo, construye un discurso severo y nervioso: un Re mayor que no brilla, sino que esculpe. Y es precisamente en esta severidad, tan poco complaciente, donde se siente la pertinencia de su lenguaje: la música como necesidad, no como decoro.
Un concierto, pues, que no exhibe dos títulos sino dos ideas fuerza: la beethoveniana, que ahonda en el conflicto para transformarlo en forma, y la querubiniana, que enciende la disciplina hasta el puro teatro.